40 cosas que hice durante mi voluntariado en Kenia

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La foto de la portada del post no es casual.

Si algo hice durante mi año de voluntariado en Kenia fue eso: sonreír.

Y con esa sonrisa como denominador común durante casi todo el tiempo, transcurrió uno de los mejores años de mi vida.

Un año lleno de aprendizajes y experiencias que hoy quiero contarte en este post personal. Como verás, ¡hay de todo!

 

Tabla de contenidos

¿Qué me llevó a hacer un voluntariado en Kenia?

 

Si me lees desde hace algún tiempo, ya me conoces y sabes que hacer un voluntariado internacional era algo que resonaba en mí desde muy jovencita. Pero por unas cosas u otras, siempre acababa aplazando ese sueño y dando prioridad a otro tipo de viajes.

Finalmente, cuando mi esfera emocional no estaba en sus mejores momentos, me decidí.

Estaba en un momento de crisis personal, sí, pero no fue una válvula de escape, ni una huida, ni un “querer encontrarme a mí misma”.

Nada de eso.

Fue un “se dan todas las circunstancias para cumplir un sueño: ahora o nunca”. Ese verano del 2014 se alinearon los astros para que yo tomara esa decisión. Salía de una ruptura sentimental y ya no tenía que contar con la opinión y los deseos de nadie más que no fuera yo, mis amigas ya tenían sus planes familiares, tenía el tiempo y el dinero para hacerlo y, aunque no era mi mejor momento, me sentía fuerte y preparada.

Pero lo más importante era que el mero hecho de pensarlo me hacía sentir más viva que otras muchas cosas en los últimos tiempos.

Cuando en 2014 me apunté a aquellas vacaciones solidarias de 3 semanas, no tenía ni idea de que aquella experiencia iba a dar paso a voluntariado de larga duración. Y que, a su vez, ese año de voluntariado en Kenia iba a cambiarme la vida por completo.

Esa experiencia como voluntaria de larga duración como coordinadora de la Afrikable ONGD me aportó muchísimas experiencias, aprendizajes y descubrimientos. Algunos, banales e insignificantes; otros, trascendentes e inolvidables, que dejaron una huella imborrable en mí y en mi manera de vivir.

Me miré a mí y miré al mundo con otras gafas, y eso me permitió exprimir la experiencia al máximo y experimentar y hacer muchísimas cosas que nunca pensé que iba a vivir.

¿Por qué Kenia

No lo sé… África siempre había resonado en mí y sentía que tenía que ser aquí. Y en Kenia fue donde encontré un proyecto con el que me sentía totalmente identificada y del que sigo formando parte.

Las 40 cosas que hice durante un año de voluntariado en Kenia

Como te decía, ese año en Kenia estuvo cargado de momentos y nuevas experiencias de todo tipo.

Aunque para ser sincera, a día de hoy sigo en Lamu y mis días siguen siendo fuente de aprendizajes y descubrimientos de lo más variopinto. Parece que esto no tiene fin 😉

Pero sobre eso escribiré otro día. Hoy quiero contarte esas 50 cosas que hice durante mi año de voluntariado en Kenia. Ahí va:

Formar parte de una nueva gran familia

Implicarme en el día a día del un proyecto de cooperación y convivir con mujeres valientes y maravillosas fue como formar parte de una nueva gran familia. Mi familia lamunia, formada por casi 150 peques que tienen en sus manos el futuro y por 50 mujeres a las que admiro y respeto, me acogió con los brazos y el corazón abiertos y me hizo sentir como en casa.

No puedo estar más agradecida por la oportunidad de conocerlas y de formar parte de sus vidas.

Romper prejuicios

Quien diga que está libre de prejuicios, miente. Tod@s, aunque pensemos que somos las personas más tolerantes, comprensivas y abiertas de mente, tenemos ideas preconcebidas de las que no somos ni conscientes. Yo tampoco era una excepción, y me di cuenta cuando me sorprendí escuchando a mujeres musulmanas hablando de sexo. ¿De qué me sorprendía? ¿Es que acaso una mujer por llevar velo no disfruta del sexo y no habla del tema con sus amigas igual que yo lo hago?

Se dieron algunas otras situaciones parecidas a esta que me hicieron darme cuenta de que, aunque no lo supiera, yo también tenía prejuicios e ideas preconcebidas. Y lo mejor de todo, gracias a esas situaciones, esos prejuicios se desvanecieron.

Disfrutar de días de playa con los peques (y con los no tan peques)

Un día a la semana, íbamos a la playa con los niños y niñas de la escuelita, y no lo hacíamos sólo que se divirtieran, sino que el objetivo primordial era otro: aprender a nada.

Y es que, aun y tratarse de una isla, en Lamu hay muchísimas personas que no saben nadar y que mueren ahogadas si hay algún accidente de barco o si, sencillamente, se los lleva la corriente. Así que éste era nuestro objetivo fundamental.

Por otro lado, una vez al año celebrábamos una fiesta con todas las mujeres en la playa, sonde cocinábamos, nos bañábamos, jugábamos y bailábamos. Verlas así, sin trabajo ni niños de por medio, era verlas como las niñas que en muchos casos son o como las niñas que dejaron de ser demasiado pronto.

En ambos casos, los días de playa significaban alegría, diversión y una ruptura de la rutina diaria. Sin duda, días muy especiales, de esos para recordar.

Descubrir mis limitaciones

Vivir en una realidad tan distinta a la mía y exponerme a un día a día tan intenso y, a veces, complicado, me puso de frente conmigo misma. Sin filtros. Y, claro, ahí descubrí cosas de mí que no me gustan demasiado o que tendría que mejorar.

Tengo mucha menos paciencia de lo que me gustaría y más cabezota de lo que debería. Tiendo a esperar de los demás lo que creo que deben de dar o de hacer, no lo que ellos están dispuestos a ofrecer, y eso me lleva a decepciones sin sentido y que yo misma construyo. Esto más o menos lo sabía, pero también descubrí que soy demasiado exigente conmigo misma y que lo que hago nunca me parece lo suficientemente bien hecho. ¡Me toca trabajarme todo esto!

Identificar mis fortalezas

Ese camino de autoconocimiento también tuvo un recorrido inverso que me llevó a identificar mis fortalezas y aquello que se me da bien. Algunas cosas las sabía, otras las intuía, y otras fueron una sorpresa.

Me di cuenta de que tengo una alta capacidad de adaptación y de que soy más flexible de lo que pensaba. Descubrí también que soy una persona carismática y que sé conectar con las personas y transmitirles mi pasión por aquello en lo que creo.

¿Por qué nos cuesta tanto reconocer lo que hacemos bien?

Disfrutar del auténtico sabor de la comida comiendo con las manos

Eso dicen aquí, que comer con las manos es lo que te hace apreciar el verdadero sabor de la comida. No sé si es del todo así, pero lo cierto es que comer con las manos dejó de ser algo extraño. A veces, por falta de cubiertos; otras, como una muestra de respeto hacia la cultura en la que vivía.

Tengo que decir que, aunque parezca una tarea fácil, hacerlo bien es más difícil de lo que pensaba (de hecho, aún no he conseguido hacerlo sin esturrear todo el arroz por la mesa).

Conocer la hospitalidad en su máxima expresión

Antes de mi voluntariado en Kenia, entendía que la hospitalidad era ser amable y atenta con las personas que me visitaban alguna vez en Barcelona. Después de aquel año, la hospitalidad cobró otro significado para mí.

Viví la hospitalidad como una manifestación máxima de generosidad y convivencia, mucho más allá de la mera amabilidad y cortesía.

Lo entendí cuando las mujeres con las que trabajé me invitaban a sus celebraciones y reuniones personales. O cuando me acogían en sus casas y compartían conmigo todo lo que tenían (que no es mucho) con la mayor de sus sonrisas.

Descubrir el Comercio Justo

Aunque algo había oído antes sobre el Comercio Justo, la verdad es que me sonaba bastante a chino y no sabía muy bien en qué consistía.

Tener la oportunidad de formar parte de una organización que trabaja con el Comercio Justo como eje central, me hizo darme cuenta de cómo puede este sistema convertirse en una herramienta de desarrollo y de empoderamiento comunitario. O lo que es lo mismo, de cómo el Comercio Justo puede cambiar vidas.

Supervisar la producción de 5000 pares de sandalias de Comercio Justo

Una de mis funciones como coordinadora de Afrikable ONG era coordinar y supervisar la producción de las diferentes colecciones de productos de Comercio Justo. Entre ellas, más de 5.000 pares de sandalias 100% artesanales que permitían a caso 100 mujeres tener un trabajo y un salario dignos.

Te mentiría si te dijera que fue fácil. Jamás me había enfrentado a algo así. Pero obviamente no lo hice sola: con las fundadoras del proyecto a la cabeza, y junto con mi compañera Lidia y la directora de la ONG, Khadija, esos casi 5.000 pares de preciosísimas sandalias volaron rumbo a España.

Coser sandalias

Ya te he dicho que sacar adelante la colección de sandalias no fue sencillo. Los imprevistos y las dificultades son el pan de cada día en África, y eso se traducía en trabajar a contrarreloj en muchísimos momentos.

Teníamos un objetivo muy claro, allí trabajábamos todas y hacíamos todo lo que estuviera a nuestro alcance para lograrlo. Y si había que dar apoyo en la producción, pues ahí que íbamos: desde cortar suelas y poner pegamento, a preparar las cajas para el envío, pasando por coser algunos pares de los modelos más sencillos.

Para que veas que hice mis pinitos en el mundo del calzado, aquí está la prueba 😉 (no podía haber tenido mejores maestras).

Aprender swahili de supervivencia

Aunque en Kenia el inglés y el swahili conviven como idiomas oficiales, muchas de las personas con las que convivía diariamente no han ido nunca a la escuela, por lo que no hablan nada de inglés.

Esto significa que tocaba ponerse las pilas con el swahili para intentar comunicarnos más allá de los gestos. Sin conseguirlo con todo el éxito que me hubiera gustado, conseguí comunicarme a un nivel muy básico pero suficiente para el trabajo diario.

Trabajar en un gran y variopinto equipo

Y me refiero a un súper equipo, muy heterogéneo, y no siempre trabajando en el mismo lugar. Ser parte de un equipo así, formado por mujeres y hombres locales, por las fundadoras del proyecto, y por mi compañera y yo, me obligó a mejorar mi capacidad de trabajar en equipo.

Ser más flexible, más resolutiva, más empática, tener más capacidad de escucha y más paciencia, ser más transigente…, fueron algunas de las cosas para las que me sirvió formar parte de ese gran equipo (numérica y humanamente hablando).

Hacer un safari

La primera vez que vine a Kenia para mi primer voluntariado, decidí no hacer un safari. No quería perderme ni un minuto de la vida en Lamu ni del día a día del proyecto. Cuando volví para quedarme un año, tardé 6 meses en hacerlo.

Realmente era algo que no me llamaba la atención especialmente, ¿pero cómo iba a estar un año en Kenia y no hacer un safari? Fui al Parque Nacional Tsavo, y enmudecí.

No puedo explicar lo que sentí. Contemplar leones, jirafas, elefantes, cebras, búfalos… libres y en su hábitat natural me dejó sin palabras y con un sentimiento de admiración hacia la naturaleza (y de desprecio hacia el ser humano que la destruye) que pocas veces antes había sentido.

Convivir en paz con diferentes tribus

Por desconocimiento, muchas veces caemos en el error de pensar que África es un continente homogéneo. ¡Qué equivocados estamos!

En este continente, y también en cada uno de sus países creados con lápiz, escuadra y cartabón en los despachos europeos, conviven miles de tribus, idiomas, costumbres y religiones.

Aquí, en Lamu, que es la cuna de la cultura swahili, sucede lo mismo. Conviven musulmanes y cristianos de diferentes tribus: orma, kikuyu, masai, pokomo, guiriama, swahili… Esta pacífica y armónica convivencia de religiones y culturas fue una de las cosas que más me llamó la atención de este lugar. Es algo que admiro y que, desde luego, es un ejemplo a seguir en el mundo radicalizado en el que vivimos.

Reírme a carcajadas más que nunca en mi vida

Creo que nunca me he reído tanto ni tan de verdad como aquel año. Y no es que la vida aquí fuera una fiesta constante, ni mucho menos.

A veces, los problemas de comunicación o el choque cultural nos llevaban a situaciones que rozaban el ridículo. Otras, lo que pasaba a mi alrededor era para mí tan nuevo que me parecía surrealista e incomprensible, como si fuera un programa de tomas falsas del que yo fuera la protagonista. Antes todo esto, no quedaba más opción que morirse de la risa e intentar entender.

Pero sobre todo, compartí carcajadas (de esas de llorar) con todas mis compañeras gracias a esa actitud vital y a esa frescura con la que se enfrentaba cada nuevo día.

Aceptar la propuesta de poner en marcha un Centro de salud femenina

No se me olvidará en la vida aquel día de noviembre de 2015.

Lola, una de las fundadoras de la organización, nos invitó a su casa a comer pizza casera (una propuesta irresistible cuando comes arroz, legumbres y patatas casi cada día).

Al terminar, nos hizo una propuesta: Afrikable iba a crecer con la puesta en marcha de un Centro de salud sexual y reproductiva y tanto ella como Merche confiaban plenamente en nosotras para sacar adelante ese proyecto.

Entusiasmadas, empezamos a hacer un estudio de viabilidad en terreno, confirmando la necesidad de trabajar en esa área ante la inexistencia de ningún servicio ginecológico gratuito y de calidad en la isla. Una vez en España, redactamos el proyecto y movimos cielo y tierra para conseguir fondos y subvenciones para que ese proyecto fuera una realidad.

A día de hoy, el edificio ya está construido y muy pronto se van a pedir las licencias para que todas las mujeres de Lamu puedan recibir asistencia sanitaria gratuita y de calidad.

Tener una hermana para siempre

Mi experiencia no hubiera sido lo mismo sin Lidia, mi dada (“hermana” en swahili), no me imagino cómo hubiera sido sin ella. Ella fue aquí mi otra mitad, y yo la suya. Y lo seguimos siendo.

Compartimos una complicidad que fue creciendo cada día y entre nosotras nació una relación para la que la palabra amistad se queda corta. Durante nuestro año en Lamu, nos convertimos en hermanas. Como agradecimiento, siempre llevaremos África, que nos unió, en la piel.

Hacer del Hakuna Matata mi filosofía de vida

La canción de la película El Rey León es el canto a una filosofía de vida que existe en Kenia y en gran parte de África.

Hakuna Matata, vive y sé feliz. Ningún problema debe hacerte sufrir, lo más fácil es saber decir ¡hakuna matata!

Hakuna Matata significa en swahili “no hay problema”, y así es como aprendí a vivir durante aquel año. Es una frase que escuchaba decenas de veces cada día: hakuna matata era la respuesta a cualquier imprevisto o preocupación. Y eran mucho más que palabras, era una actitud real frente a la vida. Porque como me decían: un problema grande es en realidad un problema pequeño, y un problema pequeño… no es un problema.

Aunque a veces sea difícil, intento no olvidar nunca estas dos palabras (de hecho, las llevo tatuadas para no perderlas de vista). Y es que vivir bajo la filosofía Hakuna Matata hace mi vida mucho más sencilla y libre de preocupaciones gratuitas.

Hacer la colada como la hacía mi abuela, ¡a mano!

De las cosas que más pereza me daba… Y es que no es nada fácil lavar la ropa a mano y encima hacerlo bien. Como todo, tiene su técnica y, por mucho que me enseñaron, jamás conseguí que mi ropa quedara limpia del todo.

A veces se nos olvida lo afortunados que somos de poder hacer tareas tan duras con sólo apretar un botón. A mí no se me olvidará nunca más, y la lavadora está ya en mi Olimpo de los aparatos que han cambiado vidas.

Apreciar el valor de una sonrisa

La vida de la gran mayoría de personas con las que conviví durante aquel año puede definirse de muchas formas. Pero nunca se pude decir que sea una vida fácil, sencilla ni cómoda (todo lo contrario).

Ante semejantes historias de vida, una espera encontrarse rostros serios, existencias amargas y miradas tristes. En cambio, lo que encontré fueron sonrisas, muchas sonrisas, que me enseñaron a valorar todo su significado y la fortaleza que había detrás de ellas. Aprendí que, casi siempre, hay algún motivo para sonreír. Sólo debemos apreciar el valor de esas pequeñas cosas de la vida, que muchas veces olvidamos, y sonreír y agradecer por ellas.

Dar la bienvenida a nuevos miembros de la familia

A lo largo de todo un año, llegaron al mundo pequeños bombones que nos llenaron de alegría con sus sonrisas y sus muecas.

Ser testigo de cómo se vive el embarazo y la maternidad en un contexto tan distinto al mío, fue chocante. Y muchas veces también triste e indignante por lo deficitaria que era la atención sanitaria que una mujer podía recibir.

Pero a pesar de eso, la llegada de un nuevo miembro a la familia Afrikable siempre era un motivo de alegría y felicidad para todas. Era como abrirle la puerta a una oportunidad de un futuro mejor.

Afrontar despedidas muy duras

La otra cara de la moneda. Durante aquel año, algunas personas se marcharon y siguieron con su vida en otra parte. Otras, desaparecieron para siempre…

Siempre es difícil despedirse de personas a las que quieres, pero lo es mucho más cuando sabes que la vida que tienen por delante es mucho más dura que la que dejan atrás, o cuando sabes que no se marchan por voluntad propia.

Y cuando quien se va injustamente es un ser inocente que tenía toda la vida por delante…, la tristeza, la impotencia y la rabia te invaden.

Descubrir que me encanta navegar

Lamu es una pequeña isla donde las opciones de ocio son muy reducidas. Al terminar el trabajo o durante los fines de semana, solíamos ir a navegar en un dhow (los barcos tradicionales de vela latina). Puestas de sol, pesca, excursiones por los canales, días de playa…, cualquier excusa era buena para subir al barco.

Descubrí que me encantaba y me relajaba muchísimo, ¡qué sensación de libertad!

Aprender que casi siempre es un hasta luego, no un adiós

Durante aquel año tuve que afrontar muchas despedidas.  Cada mes llegaba un grupo de voluntarios que, unas semanas después, se iba dejando un vacío después de haber compartido momentos tan intensos y maravillosos. Muchos de ell@s, volvieron inesperadamente unos meses después; con otros me reencontré en España.

Lo mismo sucedía con algunas mujeres del proyecto. Por circunstancias familiares, se marchaban y pensaba que no las volvería a ver. Y, un día, allí estaban de nuevo con esa sonrisa que te decía que nada había cambiado.

Aprendí que el mundo gira y que, muchas veces, vuelve a poner en tu camino a personas con las que creías que no volverías a cruzarte.

Recibir a más de 70 voluntarios

Como coordinadoras del proyecto en terreno, cada mes recibíamos a grupos de voluntarias y voluntarios que llegaban hasta Lamu con la mochila cargada de entusiasmo e ilusión.

No siempre es fácil gestionar grupos formados por personas que no se conocen y que tienen diferentes motivaciones y expectativas. Pero cuando te une algo tan intenso como una experiencia de voluntariado, todo fluye y se forjan relaciones muy especiales.

Acompañar a tantas personas en sus vacaciones solidarias fue muy gratificante, aprendí de cada uno de os voluntarios con los que compartí la experiencia, y fue un honor ser su referente en su experiencia. ¡Mil gracias por lo vivido!

Hacerme fan del ritmo de vida Pole Pole

En África, las prisas no existen. Lo de ir corriendo de un sitio a otro es un invento de nuestro mal llamado primer mundo.

En Lamu descubrí que existe otro ritmo de vida, mucho más Pole Pole (“despacio”), que es más saludable y que me permitía disfrutar mucho más de cada día, de cada acción y de cada momento.

Me maravillaban, aunque a veces me sacara de mis casillas (contradicciones inexplicables), esa falta de urgencia para todo y ese dejarse fluir por la vida a ritmo sosegado y tranquilo.

Forjar nuevas amistades, y para siempre

Y no me refiero sólo a mi compañera-hermana Lidia, sino también a mis “jefas” Lola, Merche y Khadija. También a las mujeres del proyecto y a muchas de las personas con las que conviví cada día en esta isla: a pesar de provenir de mundos muy distintos, y de tener conceptos de amistad muy diferentes, ya hay algo que nos une para siempre.

Y, por supuesto, incluyo aquí a muchos de los voluntarios que pasaron por aquí, con los que a día de hoy me sigue uniendo una estrecha amistad (aunque a algunos no los haya vuelto a ver).

Reprimir las lágrimas frente a historias de vida muy duras

Y digo “reprimir” porque cuando alguien tenía la generosidad de compartir conmigo su historia, lo hacía sin dramas, desde la serenidad, e incluso con una sonrisa. Y eso me quitaba todo derecho a derrumbarme, y sólo podía agradecer la generosidad y la confianza. Si la protagonista no se rompía, ¿quién era yo para hacerlo?

Durante mi voluntariado en Kenia escuché y conocí de cerca historias de vida muy duras, y lloré, claro que lloré (de tristeza, rabia e impotencia). Pero lo hice en privado y nunca delante de sus protagonistas. No podía hacerlo cuando ellas contaban lo vivido desde la dignidad, la fortaleza y una resiliencia que las convertía en heroínas.

Vivir sin lujos ni comodidades sintiéndome plenamente feliz

Recuerdo perfectamente aquel día: volver a casa desde el trabajo, mojándome los pies en los grandes charcos que había dejado la lluvia (hacía rato que había desistido de mi intento de saltarlos o esquivarlos). Me miré los pies, totalmente mojados y muy sucios (una suciedad que no se iba con una simple ducha). La humedad era tremenda, y yo estaba sudada, llena de arena y me habían acribillado los mosquitos.

Idílico, ¿verdad?

Pues cuando me miré los pies negros por la suciedad, yo me sentí feliz. No tenía ningún lujo ni comodidad material como los que tenía en Barcelona (nada de ducha caliente ni de lavadora; nada de tardes de televisión y sofá ni de teatro o cine), pero me sentí afortunada por poder meterme hasta los tobillos en aquellos charcos.

Descubrir que todo es relativo

Y cuando digo todo, es todo.

Desde lo más banal hasta valores y conceptos mucho más profundos y trascendentes. Descubrí que incluso la lealtad, la tristeza, la felicidad o la muerte son relativos, y que no se entienden (ni se viven) de la misma manera si has nacido en España, en China o en Kenia. Y eso sólo lo explica la realidad cultural en la que somos socializados.

Con el tiempo he conseguido entender muchas de esas diferencias culturales de algunos constructos que yo creía universales pero que son realmente culturales (como la familia, la amistad o el amor). Pero tengo que reconocer que me costó mucho entender que dos personas unidas por una relación de amistad se traicionaran o se mintieran, y que su relación continuara sin demasiados cambios. O la aceptación de las desgracias y los problemas con una tristeza muy distinta a la que yo sentiría en las mismas circunstancias.

Esto fue uno de los grandes aprendizajes que me llevé de aquel voluntariado en Kenia. Es algo que me acompaña siempre y que me ayuda a tomar perspectiva de algunas cosas.

Alucinar con los “amaneceres de Luna”

Que sí, que sí, que la Luna también amanece.

Alucinante, ¿verdad?

Pues más increíble es verlo, así que no me enrollo mucho y te lo enseño directamente. Ver la luna, como una pelota roja, amaneciendo por el mar, es de las imágenes más especiales que guardo en la retina.

Bailar (o intentarlo) danzas tribales africanas

Que ritmo y África van de la mano, no es ningún secreto.

Y que el ritmo africano y yo no nos llevamos bien del todo, tampoco (o sí, hasta ahora) 😉

Además, aquí todo se celebra con música y bailes. Y como rendirse no es una opción, ¡había que intentarlo! (aunque eso supusiera hacer un poco el ridículo…).

Hay danzas que me dejaban literalmente hipnotizada, como el baile del parto: una danza en la que las mujeres de la tribu orma simulan, en medio de un círculo de mujeres dando palmas y tocando los tambores, los dolores que sufren al dar a luz.

Conocer desde dentro una ONG internacional

Formar parte del equipo de Afrikable es algo que me permitió conocer el funcionamiento de una ONGD en terreno y desde dentro.

Descubrí que el engranaje de personas y acciones que hay detrás de aquello que los voluntarios vemos cuando llegamos a una ONG es complejo, y que la dificultad de trabajar en contextos donde cualquier trámite o actividad cuesta un esfuerzo titánico.

Desde entonces, uno de los consejos que siempre doy a personas que van a hacer un voluntariado: si no se cumplen tus expectativas, si hay algo que no entiendes o que no te gusta, pregúntalo y plantéalo desde el desconocimiento y desde el mayor de los respetos, nunca desde el juicio o la crítica destructiva.

Reafirmar mi admiración por las mujeres del mundo

Desde siempre he estado especialmente sensibilizada con el tema del género y con la desigualdad entre hombres y mujeres. Soy feminista y creo que las mujeres ya hemos empezado a andar un camino hacia la igualdad, y ya no hay quien lo pare.

Por eso lo tuve tan claro desde el primer momento. No me faltaban razones para hacer un voluntariado en un proyecto de empoderamiento de la mujer.

Convivir y compartir mis días (los felices y los más flojos) con ellas, conocer sus historias, comprendernos con una mirada cómplice, admirar su fortaleza y respetarlas profundamente…

Todo esto no hizo más que reafirmar mis valores y mi admiración por todas las mujeres del mundo. Por las que podemos salir a la calle a gritar y reivindicar nuestros derechos, y por las que no pueden. Porque todas somos una y aquí estamos nosotras para gritar por ellas y ayudarlas a que poco a poco puedan alzar su voz.

Perder la vergüenza a hablar en inglés

Siempre se me han dado bien los idiomas, sobre todo a nivel escrito y de comprensión. Pero a nivel oral…, eso era harina de otro costal.

Me daba una vergüenza terrible hablar en inglés (soy consciente de que mi pronunciación es más que mejorable), pero cuando la necesidad aprieta… ¡tachán! La vergüenza se desvanece. Y esto es justo lo que me pasó a mí: dejé de lado esa inseguridad y me lancé a comunicarme.

¿El resultado? Un inglés para nada impecable, pero más que suficiente para comunicarme, conversar y desenvolverme en mi día a día. Me di cuenta de que sabía mucho más de lo que yo pensaba, pero que me limitaban la vergüenza y la inseguridad. ¡Prueba superada!

Enfadarme por el choque cultural

Llegar tarde sin dar ni media explicación. Trabajar mucho más despacio cuanta más prisa teníamos. Pedir un huevo frito y que te trajeran una tortilla “porque el responsable de hacer los huevos no estaba” (juro que esto es real). O ser la última persona en ser atendida en una tienda a pesar de haber llegado la primera (no por nada, sino porque aquí uno entra en una tienda y pide lo que quiere, sin más).

La vida cotidiana estaba llena de pequeños grandes choques culturales. A veces, era muy fácil salir de ahí y avanzar; otras, me quedaba un poco más encallada y me costaba volver a la normalidad.

No entendía nada y me enfadaba, sin darme cuenta que lo que me pasaba es que esperaba que las cosas funcionaran como yo creía que tenían que funcionar.  Desde luego, fue una manera de abrir mi mente y comprender, hasta en cosas minúsculas, lo grande que es el mundo y lo relativo que es todo.

Sonreír por el choque cultural

Esto era lo que sucedía inmediatamente después de los enfados de los que te acabo de hablar. Y no porque la situación tuviera gracias (bueno…, a veces sí, como el día del huevo frito), sino porque alguna palabra o algún gesto me hacía bajar el hacha de guerra y reconectar con lo que tenía alrededor.

Era fantástico poder aprender de un mundo tan distinto al mío y, aunque a veces fuera un poco desesperante, sólo podía sonreír y estar agradecida la oportunidad de descubrir y crecer tanto.

Organizar la primera graduación escolar de Afrikable

En Kenia, para acceder a la educación primaria pública, los niños y niñas tienen que pasar un examen (una especia de prueba de nivel) para demostrar unos conocimientos mínimos.

Obviamente, nadie nace sabiendo leer o sumar, por lo que si los peques no reciben una formación anterior, nunca podrán ir a la escuela. Este es el objetivo de la escuelita infantil de la ONG Afrikable y de muchos otros proyectos que trabajan en este país: preparar a los alumn@s para esa prueba de nivel y para un acceso exitoso a la educación primaria pública.

Cada año, al finalizar el curso, los alumn@s se examinaban y pasaban a la escuela “de mayores”, pero en 2015 a mi compi Lidia se le ocurrió una idea genial que desde entonces se ha convertido en tradición anual: celebrar una fiesta de graduación.

Entrega de diplomas y lotes de material escolar; togas; discursos de madres orgullosas; caramelos, canciones y bailes; maestras reconocidas por el trabajo bien hecho;  niños y niñas nerviosos…, ¡y mucha esperanza por un futuro mejor!

Cambiar mi escala de valores

Cuando a tu alrededor tienes historias de vida realmente difíciles, cuando convives con realidades duras que nada tienen que ver con la tuya, tu sistema de valores se reformula.

Yo viví esa revolución interna y mi escala de valores se transformó. Lo que antes era importante, como tener determinadas comodidades y objetos, se convirtió en algo casi banal. En cambio, gestos tan pequeñitos como saludar a mis vecinos o a las personas con las que me cruzaba por la calle, le dieron fuerza a valores como la hospitalidad y la convivencia.

Lo que cambió, en definitiva, fue mi concepto de felicidad: no estaba fuera, sino dentro de mí.

Dar un nuevo rumbo a mi vida

Pasar un año en Kenia formando parte del equipo de una ONG fue un antes y un después en mi vida, una revolución en todos los sentidos. Aunque intenté volver a “mi vida anterior”, había cosas que ya habían cambiado para siempre.

Después de aquel año, tuve claro que quería seguir vinculada al mundo del voluntariado internacional (de ahí nace este proyecto) y que el estilo de vida para el que me habían educado y programado desde pequeña no era el que quería.

Empezaron a llegar los cambios y las decisiones. Y en eso sigo, dejándome la piel y el alma para lograr esa vida que quiero vivir.

¿Sabes qué es lo más importante que hice?

 

Ser inmensamente feliz y guardar como un tesoro esa semilla que había nacido en lo más profundo de mí. Desde entonces, me dedico a regarla, cuidarla, cantarle, mimarla…, para que crezca fuerte y sana.

Aquel año de voluntariado en Kenia lo revolucionó todo en mí. Fui muy feliz, una felicidad distinta de la que antes había sentido. Sin duda, abrirme las puertas a ese nuevo concepto de felicidad es el mayor regalo que me dio aquella experiencia.


¡Ahora es tu turno!

¿Qué es lo que más te ha sorprendido de esta lista de experiencias y vivencias?

¿Qué hiciste tú por primera vez en tu voluntariado?

Cuéntamelo en los comentarios, seguro que merece la pena que lo compartas 🙂 .

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4 comentarios en «40 cosas que hice durante mi voluntariado en Kenia»

  1. Qué artículo más inspirador Marta!!!

    Qué montón de historias y vivencias. Tiene que ser una pasada Kenia!!!

    Enhorabuena por este artículo personal y por ese año lleno de aprendizajes….

    Responder
    • Gracias Ruben!
      ¿Qué te voy a decir sobre Kenia? A mí este país y su gente me atraparon, así que sólo puedo recomendarte que lo conozcas. ¡Aquí te espero si te animas! Gracias por pasarte a comentar. Un abrazo compañero!!

      Responder
  2. wwwwooowwww Marta ¡¡¡¡ cuanto me ha gustado este post, ahí sigue mi idea … creando en el campo cuántico que ya sabes que es necesario para que se materialice. jajajaj. Me encantaría vivir una experiencia similar y no dudo que ya va quedando poco. De momento me inspiro con tus fotos y tus textos. Gracias por compartir

    Responder
    • Ariadna, tu experiencia se está cocinando a fuego lento, y yo también sé que está cada vez más cerca.
      Me encanta saber que mi experiencia te inspira y te anima a tomar esa decisión. ¡Un super abrazo!

      Responder

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