Mi historia: cómo el voluntariado me cambió la vida

Historia voluntariado

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Sí, sé que no paro de repetirlo por activa y por pasiva, que ya has leído varias veces por aquí eso de que “el voluntariado me cambió la vida”, pero no hay una verdad más grande que esa.

Hoy quiero sentarme contigo, aunque sea con una pantalla de por medio, y compartir contigo mi historia, tanto la que ya conoces como esa parte más íntima de mí que nunca te he contado.

No he llegado hasta aquí de un día para otro, nada de esto es fruto de un arrebato o un impulso loco. Mi proceso de transformación se fue cocinando a fuego lento y fue hablándome a susurros al oído, hasta que gritó tanto que tuve que escucharle atentamente y hacerle caso. No podía ignorar aquella llamada de mi yo más interior.

Mi vida anterior

Hace unos años mi vida era, seguramente, muy parecida a la tuya: tenía un trabajo estable (uno que me gustaba y para el que había estudiado), una pareja con la que convivía, y unos amigos y una familia a los que adoraba y sigo queriendo más que a nada. Tenía bastante tiempo libre, ya que trabajaba en horario intensivo los fines de semana como educadora social en un Centro de justicia juvenil , así que de lunes a viernes estudiaba otra carrera, iba a clases de baile, asistía a algunas formaciones, hacía alguna escapada con mi chico y organizaba planes con mis amigos.

Ya ves que mi día a día no era nada fuera de lo normal, pero estaba satisfecha y tenía los sueños e ilusiones que casi todos hemos tenido alguna vez: viajar más, seguir formándome, formar una familia algún día, promocionar o cambiar de trabajo el día que me aburriera del que tenía… Pero no estaba en mis planes cambiar de vida, en ningún momento se me pasó por la cabeza.

Me encantaba (y me encanta) viajar, y esperaba ansiosa el verano o alguna de esas semanas sueltas de vacaciones durante al año para llenar la mochila y salir a descubrir un pedacito de mundo.

El ritual de elegir destino (cuanto más lejano y distinto, mejor) y de comprar la guía para organizar una ruta que sin duda luego cambiaríamos durante el viaje; el reto de buscar los billetes de avión más baratos aunque fuera a costa de escalas interminable pero divertidísimas; y, finalmente, la recompensa de ese mes desconexión, aventuras, experiencias y aprendizajes… todo aquello me encantaba.

Viajando con la mochila a cuestas por la caótica Índia, la exuberante y pura Costa Rica o el sabio y majestuoso Egipto, me sentía viva. Descubriendo el acogedor y pacífico Nepal, la exótica Tailandia, o la Indonesia más sorprendente y llena de contrastes, no necesitaba nada más. Y todo eso alimentaba  el gusanillo viajero para el resto del año. Los cánones de vida estable y de seguridad laboral y personal eran más poderosos que las ganas de viajar más, y jamás me planteé cambiarlo.

Ahora miro atrás y tengo que reírme de mí misma y de las vueltas que da la vida: ¡cuántas veces mi pareja me habría propuesto dejarlo todo y viajar durante un año por el mundo! Y cuántas veces le dije que no, que era una locura y que ya era tarde para eso.

¡Qué sabia es la vida y qué bien sabe ponerte a ti en tu sitio y a cada cosa en su lugar!

Y todo cambió

En octubre del 2013, todo cambió. Después de casi 4 años de relación y de un último año que nos hubiera sobrado, aquella historia se acabó. Y empezó el que ha sido el peor año de mi vida que, paradójicamente, daría paso al mejor de todos.

Cambié de piso y de pueblo, tuve todo el apoyo posible por parte de mi gente, pero no conseguía remontar. Fueron meses muy duros, en los que la vida seguía su curso y el día a día era el mismo de siempre, pero yo no terminaba de estar bien. Es curioso como a veces las personas nos empeñamos en anclarnos a un recuerdo y nos impedimos ser felices. Aprendí que nosotros mismos podemos ser nuestro peor enemigo y ponernos todos los límites imaginables.

Para ese entonces, se acercaba el verano, mis 3 semanas de vacaciones estaban a la vuelta de la esquina, y yo seguía paralizada y sin saber qué hacer. Cuando un día por fin algo en mí decidió reaccionar, decidí que me iría de viaje. Me iría sola, no me importaba. ¿O sí? ¿Estaba preparada? ¿Y si buscaba alguna alternativa? Pensé en unirme a grupos ya organizados por agencias de viajes “alternativos”, en poner anuncios para buscar compañeros de viaje, en contratar el típico circuito turístico…, pero ninguna de las opciones acababa de convencerme.

Y fue entonces cuando rescaté del baúl de las ilusiones uno de esos sueños pospuestos durante muchos años: hacer un voluntariado internacional. Y poco a poco la idea de hacer mi primer viaje solidario fue cobrando forma.

La ilusión y el entusiasmo llamaron de nuevo a mi puerta. Con todas las dudas del mundo y muy perdida en todo ese mundo de organizaciones que aparecía frente a mí, empecé a buscar “mi experiencia”. Estaba dispuesta a escucharme a mí misma, y mi vocecita interior me lo dijo muy claramente: África. Sí, tenía muy claro que me apetecía muchísimo viajar a ese gran desconocido. Pero como podéis imaginaros, la decisión no terminaba ahí: en este continente hay cientos de proyectos dispuestos a acoger personas con ganas de arremangarse y de poner su granito de arena.

Lo que se intuía como una búsqueda larga y difícil, acabo siendo una decisión rapidísima y apenas sin dudas. Enseguida apareció ante mí Afrikable, un proyecto de empoderamiento de la mujer en Kenia, en una pequeña isla llamada Lamu situada en la costa norte del país. No salía de mi asombro: ¿desde cuándo había islas en Kenia?

Investigué un poco aquel proyecto y enseguida lo vi claro: ¡quería conocerlo y vivirlo desde dentro!

Me informé sobre los requisitos de participación en aquel programa de vacaciones solidarias y me di toda la prisa del mundo en contactar con la organización para apuntarme. ¿Estaría a tiempo y quedarían plazas disponibles? Faltaban sólo 3 semanas para viajar y quizás era un poco tarde… Crucé los dedos y esperé a recibir respuesta, deseando muy muy muy fuerte poder vivir aquello que tanto me apetecía.

Y enseguida llegó la respuesta: ¡Sí, había vacantes y podía inscribirme en ese mismo momento! ¡No cabía en mí de la alegría! Desde la organización me pusieron en contacto con el resto del grupo, otras 4 chicas que viajarían a Lamu en septiembre. Seríamos un grupo muy reducido, sólo 5, porque en la costa de Kenia se había vivido recientemente una situación muy delicada a nivel de inseguridad y, aunque la situación ya se había calmado, muchas de las personas que iban a participar en el proyecto se habían dado de baja.

Sin más, empecé con todos los trámites: comprar vuelos, revisar vacunas y ponerme las que me faltaban, tramitar el visado, renovar el pasaporte…

Renací en África

 ¡Y llegó el gran día! El 2 de septiembre de 2014 puse los pies en aquella isla que me atraparía para siempre.

Me tocó participar en el área de desarrollo infantil, dando apoyo a las profesoras de una de las dos aulas de la escuelita que tenía el proyecto. Siendo sinceros, creo que apoyé más bien poco. Las profesoras lo tenían todo under control y era alucinante ver cómo los niños las admiraban y respetaban.

En esas aulas descubrí esas miradas vivas y limpias y esas sonrisas que te llenaban de felicidad sólo con mirarlas. Me pasaba las horas con los ojos como platos, haciendo lo que podía y lo que me pedían, pero sobre todo descubriendo la sencillez de la vida y la inocencia de aquellos niños que se te lanzaban a los brazos y se te colgaban de cuello a cambio de que les dedicaras un poco de tu tiempo y les hicieras sentir especiales. No tenían ni idea de cuánto lo eran…

Y si ellos eran especiales, ¿qué os voy a decir de sus madres? Aunque en esas tres semanas tampoco las traté tanto como me hubiera gustado, ya descubrí a aquellas campeonas, heroínas fuertes y valientes, maestras de vida que, sin saberlo, ponían frente a mis narices auténticas lecciones de vida que me acompañarán siempre. Sus vidas no habían sido nada fáciles, algunas de sus historias consiguieron dejarme con el corazón temblando e incapaz de articular palabra, y entonces fui consciente de lo estúpida y egoísta que había sido.

Porque yo, con una vida cómoda y llena de oportunidades y de libertad, no sabía lo que eran los problemas de verdad. No tenía ni remota idea de lo que era sufrir, porque por supuesto una ruptura sentimental no era un problema de verdad. Pero, aun así, me había revolcado en mi desgracia y había hecho la pelota tan grande porque no tenía nada mejor de lo que preocuparme. Así que ya podía empezar a espabilar y a mirar mis preocupaciones de frente: plantarles cara, enfrentarlas y comérmelas con patatas. Y lo hice.

Aquellas tres semanas pasaron volando, pero a la vez fueron de una intensidad asombrosa. Descubrí una nueva noción del tiempo, parecida a la de mis viajes anteriores, pero no era lo mismo. ¿Cómo podía ir tan rápido el tiempo y a la vez estar plagado de tantas emociones, descubrimientos, sorpresas, aprendizajes…? Era una sensación nueva y maravillosa.

Con toda la pena del mundo, aquello se terminó, y volví a casa totalmente renovada, con las pilas cargadas y dispuesta a comerme el mundo. Pero volví también atrapada por lo vivido, transformada y con una mochila llena de nuevas cosas que no quería olvidar nunca. Me había sabido a poco y quería repetir, quería volver a vivirlo, quería volver a sentirme como me había sentido entonces. Y todo eso no tenía nada que ver con lo que yo hubiera hecho por aquellas mujeres y aquellos niños, sino por todo lo que ellos, sin saberlo, me habían regalado a mí.

Con ellas, con ellos, con toda la comunidad de aquella isla perdida en el Índico, descubrí otra manera de vivir más humana, más sencilla y más pura. Allí no había tiempo para las insignificancias: lo muy importante era importante a secas, y lo poco importante dejaba de existir inmediatamente como por arte de magia. Y todo, siempre, con una sonrisa, a pesar de que a menudo no sobraban los motivos para sonreír.

La buena noticia era que me llevaba bajo el brazo una propuesta de volver a los pocos meses como coordinadora del proyecto durante casi todo un año.

Saliendo de la zona de confort

Me hacía una ilusión tremenda la idea de volver a Lamu a trabajar codo con codo con las mujeres y los peques, pero tenía que llegar a casa y madurarla pero, sobre todo, ver las posibilidades reales de hacerlo. Así, a bote pronto, era una locura irme un año a vivir a Kenia como voluntaria, pero trabajaba para la Administración pública y estaba casi segura de que podría pedir una excedencia sin problema. Esa era mi única opción.

Pero no. Después de casi 10 años no tenía derecho a excedencia. Y tenía que elegir.

En aquel momento toda mi ilusión se vino abajo… No quería renunciar a vivir aquello, pero ¿cómo hacerlo? Dejar el trabajo, con la que estaba cayendo en España con la crisis, era quizás una locura y una irresponsabilidad, pero no hacerlo lo era aún más. No ser fiel a mí misma y perderme aquella experiencia que me hacía vibrar sólo con imaginarla sí que hubiera sido una locura y un gravísimo error.

Podría deciros que tuve mil dudas y que fue una decisión dificilísima. Pero no. Lo difícil fue aceptarla y asumir todo lo que suponía, los cambios que conllevaba y la importancia del camino que me estaba trazando. Pero decidirlo, elegir aquel camino, fue fácil. Quería vivirlo y tenía la posibilidad de hacerlo. Así que renuncié a mi contrato de educadora interina funcionaria, dejé mi vida en Barcelona, y puse mi mirada en aquel año que me esperaba un par de semanas después de aquella firma.

Como imagináis, aquella decisión provocó sentimientos y reacciones de todo tipo en mi entorno.

Por un lado, los que me apoyaban incondicionalmente y entendían que era ahora o nunca, que hay trenes que sólo pasan una vez en la vida y que, si no te subes, los pierdes.

Por otro lado, quienes no apoyaban la decisión. Y no sólo porque implicara dejar el trabajo, eso era casi lo de menos, sino porque implicaba irme lejos y empezar un camino que sería difícil de desandar. Me conocían muy bien, y sabían que el riesgo de que aquello me atrapara era muy grande.

Y en medio, personas preocupadas por la pérdida del trabajo y de la vida estable y segura.

Los entendía a todos perfectamente. A los primeros, porque pensaban exactamente lo mismo que yo. A los del otro extremo también, porque cuando quieres a alguien, egoístamente querrías que estuviera siempre cerca de ti, y a veces cuesta soltar y dejar ir pensando en su felicidad. Y a los del medio, porque eran la voz de esa educación capitalista occidental: ¿cómo te atreves a dejar un trabajo?, ¿no te da miedo?, ¿qué vas a hacer después?

El después ya llegaría, o no, pero el ahora era lo que quería vivir. Tenía formación y mucha experiencia, seguro que algo saldría cuando volviera, y si no me buscaría la vida. ¿Miedo? Imagino que sí, pero me podían las ganas de vivir lo que tenía por delante.

Así que después de los preparativos de rigor y de las despedidas entre lágrimas, puse rumbo por segunda vez a Kenia. Puse rumbo a mi nueva vida.

Rumbo a mi nueva vida

Recuerdo perfectamente cuando el avión despegó y vi Barcelona desde el aire, cada vez más lejos y más pequeñita. De golpe tomé consciencia real de lo que estaba pasando, y creo que fue el único momento en que sentí miedo. ¿Cómo iría todo?

Una vez ya en Lamu, aquella isla que lo cambió todo unos meses atrás, nada había cambiado. Mi compañera, las mujeres, los niños, todas las personas que había conocido, me esperaban con los brazos abiertos y con una sonrisa inmensa.

Y entonces supe que había hecho lo correcto y que estaba donde tenía que estar.  A día de hoy, no ha habido ni un solo día en que piense que me equivoqué.

Conociendo la plenitud

Empezó el trabajo del día a día, al principio bastante perdida, luego cada vez más segura y confiada. Junto con Lidia, mi compañera y mi otra mitad en aquella experiencia, trabajábamos mano a mano con las mujeres del proyecto y recibíamos todos los meses a grupos de personas que venían a vivir su experiencia solidaria durante sus vacaciones, como habíamos hecho nosotras medio año antes.

Pasaron por el proyecto decenas de voluntarios, cada uno con su historia y con su realidad, pero todos entusiasmados y hasta arriba de ganas de hacer cosas, de aportar, de descubrir, de ayudar, de aprender…, de vivir su voluntariado de la manera más intensa posible y dejando lo mejor de ellos mismos.

Muchas de aquellas personas, que llegaban para irse a las pocas semanas  y que estaban de paso en mi vida, nunca se marcharon de ella y se convirtieron en amigos y amigas que a día de hoy siguen muy presentes. Hay cosas que unen, experiencias que crean unos lazos tan fuertes que nunca más se van a romper.

Se me caía la baba y me quedaba embobada mirando a todos los peques, esos renacuajos que eran y son el futuro, hijos e hijas de las mujeres trabajadoras del proyecto. Siempre llenos de alegría, avispados y pícaros (más por necesidad que por edad), siempre sonrientes. En ellos habitaba la esperanza de un futuro mejor y de esos pequeños cambios que acaban siendo grandes.

Y ellas. Las mujeres que me cambiaron la vida.

Fatuma, Khadija, Mariam, Gertrude, Amina, Mariamu, Habiba, Ralya, Esha, Madina, Patricia, Zeinab, Nailois… eran sólo una parte de la gran familia de mujeres que luchaba cada día por su empoderamiento y por mejorar sus condiciones de vida y las de sus hijos. Yakubz, Salim o James también formaban, y forman, parte de esa familia: son uno más y tratan y valoran a las mujeres con un respeto y admiración que no es común en contextos y culturas totalmente patriarcales.

Y enseguida nos hicieron ser una más de la familia, rápidamente pasamos a formar parte para siempre de algo que difícilmente podré transmitiros.

El día a día con todas aquellas mujeres, heroínas, supervivientes y maestras de vida con un coraje y un arrojo que no sabes de dónde puede salir, era cada día más especial. El respeto mutuo y el cariño se fueron convirtiendo en admiración y complicidad, hasta llegar a quererlas como a hermanas y llegar a que te duelan sus malos momentos y a que te llenen de felicidad los buenos.

Trabajamos muy duro juntas, e incluso hubo momentos en que nos hubiéramos mandado a paseo, pero al final todo aquello nos acercaba cada día más y creaba una relación más sólida y un vínculo más bonito. Ellas nunca han sido conscientes, ni en aquel momento ni ahora, de todo lo que me han enseñado, de los baños de realidad que me han dado, de cuánto las quiero y las admiro, ni de todo lo que me han regalado y hecho crecer.

Pero una experiencia de voluntariado (y más aún si es de larga duración como fue mi caso) va mucho más allá del proyecto en sí y te integra en una comunidad y en un modo de vida en muchos casos radicalmente distintos a los tuyos de origen. Y eso supone un crecimiento personal y un proceso de transformación brutal.

El pueblo de Lamu también me enseñó y me sigue enseñando mucho. Es un baño de realidad lo que te espera en cada esquina, una nueva historia de la que aprender en cuanto menos te lo esperas, una manera de funcionar y de vivir que, por un lado, apasiona y, por otro, desespera. Pero que, sobre todo, te atrapa y te engancha.

Descubrí una nueva forma de vivir, una filosofía de vida que, a día de hoy, me sigue acompañando y que me ha transformado por completo: el Hakuna Matata.

Todas ellas, todos ellos, que con una sonrisa eran capaces de alegrarme el día, que con un abrazo me levantaban el ánimo en los días flojos, que me sabían leer perfectamente sin ni tan siquiera tener yo que abrir la boca…, todos ellos cambiaron mi vida.

Los días, las semanas y los meses volaban de una manera muy extraña, con una intensidad que es difícil de explicar…

Cuando la gente me preguntaba por qué me gustaba tanto aquello, qué era lo que me enganchaba y por qué prefería ese estilo de vida antes que la ordenada y estable vida occidental, siempre decía lo mismo: aquí, en Lamu, pasan muy pocas cosas a tu alrededor, cada día es monótono y aburridamente igual y hay muy pocos estímulos externos (todo lo contrario a la vida en España, donde el tiempo corre y hay mil millones de cosas que hacer, sitios a los que ir y personas con la que quedar).

Sin embargo, y a pesar de que aquí la vida exterior es extremadamente tranquila y casi ausente de estímulos, tu vida interior cobra una riqueza que yo, hasta ese entonces, desconocía. Mientras fuera de ti no pasa casi nada, dentro de ti pasa de todo. Y yo nunca me había sentido tan viva.

En realidades tan distintas a la nuestra, realidades tan sabias y que nos devuelven a los orígenes, vives en una constante montaña rusa de sentimientos y emociones, vas de descubrimiento en descubrimiento y la sorpresa deja paso a la tristeza, para convertirse inmediatamente en alegría desbordante y luego en rabia, nostalgia o admiración.

También conectas y te reencuentras contigo mismo, aprendes a aceptar, a dejarte fluir; y te conoces y te enfrentas a ti mismo de una manera distinta: más de verdad, de forma más sencilla, sin adornos ni aderezos, sin distracciones.

Y eso atrapa. Sentirse así de vivo engancha. Y engancha porque transforma.

Además, saber que estás haciendo algo útil, que con tu trabajo diario estás contribuyendo a pequeñas mejoras en las vidas de todas esas personas, se acaba convirtiendo en tu motor. Un motor que, una vez arranca, ya no para y te impulsa hacia adelante con fuerza y decisión.

Mi intento frustrado de volver a mi vida anterior

El 2 de febrero del 2016 me subí a aquel avión con un nudo en la garganta y el corazón encogido. Me iba de Lamu y volvía a España. Había llegado el temido momento en el que había intentado no pensar pero que, sin querer, ocupaba mi mente las últimas semanas. No podía dejar de repetir la misma frase: “no me quiero ir”.

Y es que no me quería ir, era como si me estuvieran arrancando de donde quería estar. Pero no tenía sentido alargar aquella etapa sin ingresos que, tarde o temprano, se terminaría. Tenía que volver a Barcelona y recuperar mi vida.

La llegada fue dura, muy rara. Estaba feliz de volver a ver a mi familia y a mis amigos, pero a la vez estaba enfadada, muy enfadada. ¿Con quién? ¿Por qué? No quería sentirme así, quería disfrutar de todo lo bueno que tenía volver a estar en casa, pero he de reconocer que los primeros días fueron muy complicados, tanto para mí como para los míos, que me miraban impotentes y sin saber qué hacer.

Echaba terriblemente de menos andar entre burros con los pies sucios, me faltaban las conversaciones en swahili que apenas entendía pero que eran como música, echaba de menos el ritmo sosegado de Lamu, añoraba mirar a mi alrededor y ver arena, palmeras y mar, me faltaba todo lo que había dejado allí. Pero sobretodo echaba inmensamente de menos a las personas: las echaba de menos a ellas, a las mujeres.

A las dos semanas de haber llegado a Barcelona, empecé a buscar trabajo y enseguida empezaron a aparecer algunas oportunidades. Y surgió una que me motivó desde el primer momento: coordinadora de una ONG internacional, Aldeas Infantiles, en un centro residencial para niños y adolescentes en Barcelona. Era un horario muy particular, ya que viviría en la casa con los niños, pero era una muy buena oportunidad profesional y me motivaba mucho. Además, estaba en el momento personal perfecto para involucrarme en algo así.

Allí estuve un año y 3 meses, aprendiendo y creciendo muchísimo, y explorando un ámbito y un tipo de trabajo que no había hecho antes. Mientras, Lamu seguía tirando mucho y me escapaba allí cada 3 o 4 meses. Pero no era suficiente.

Cuando volvía a pisar Lamu, todo seguía igual, nada había cambiado. Tampoco habían desaparecido mis ganas de estar allí y lo serenamente feliz que me sentía. Iba todos los días al proyecto e intentaba exprimir al máximo todo el tiempo que tenía, compartir todo lo posible con las mujeres y con mi chico. Pero siempre llegaba de nuevo el momento de volver. ¡Qué difícil!

Y aquello empezó a no ser suficiente. Mi vida en Barcelona no acababa de satisfacerme. Intentaba volver a esa “vida normal” con un trabajo presencial y convencional, pero no terminaba de sentirme plena y necesitaba otra cosa.

Echaba de menos el Hakuna Matata en cada esquina y esa forma de vivir sencilla y desde la esencia, dándole a cada cosa la importancia que realmente tiene y lejos de preocupaciones gratuitas.

Mi nueva vida

Empecé en pensar en alternativas, a buscar otras opciones de vida. Di con personas que se dedicaban a lo que les gustaba y lo hacían desde donde querían y cuando querían, que llevaban a cabo sus proyectos con total libertad y sin las ataduras que un trabajo convencional implica, y me moría de envidia y admiración. Descubrí que era posible hacerlo, que si ellos lo habían conseguido, ¿por qué yo no?

¡Sólo necesitaba atreverme!

Quería hacerlo, y de esa inquietud nació este proyecto.

Fui madurando la idea y asesorándome, valorando pros y contras. Y los pros siempre ganaban por goleada.

Quería emprender mi propio proyecto, ser dueña de mi tiempo y tener la libertad de decidir dónde vivir y cómo hacerlo.

Tenía muchas cosas que contar y compartir, y así nació mi propósito: ayudar a otras personas a vivir más felices y con menos sufrimiento a través de la filosofía de vida que a mí me había transformado por completo, y contribuir a un mundo mejor y más solidario a través de un nuevo paradigma viajero mucho más responsable y consciente.

Hubo miedos, dudas e inseguridad pero, sobre todo, hubo dosis infinitas de ilusión, compromiso y trabajo. Estaba decidida a compartir mis conocimientos y experiencia con todas las personas que, como yo años antes, sentían la llamada de África y no sabían cómo acercarse a este continente maravilloso. 

¿Qué podía perder? Si salía mal, siempre podía volver atrás y retomar mi vida y mi trabajo en España, desandar el camino andando habiendo sumado experiencia y aprendizajes. Mi experiencia me había enseñado que era posible y que casi nada es irreversible.

Cada vez lo veía más claro y, por más que los buscara, no encontraba los motivos para no hacerlo, ¡así que la decisión estaba tomada!

¿Cómo es mi vida ahora?

Fue en marzo de 2017, durante una escapada a Kenia, cuando decidí que en unos pocos meses me instalaría de nuevo en Lamu para trabajar en este proyecto dando prioridad a mi vida personal. Pasaporte Solidario se iba a gestar e iba a nacer en el lugar donde todo comenzó.

Y aquí me planté, esta vez ya con todo el apoyo por parte  de mi familia y amigos, decidida a ser feliz y a darlo todo en esta nueva etapa.

Vivo con mi chico a caballo entre Kenia y España, volcada en este proyecto al que ahora dedico todo mi tiempo.

He encontrado un equilibrio que para mí es casi perfecto, y siento que vivo plenamente y totalmente alineada y en coherencia con quien soy y con lo que hago.

Estoy decidida a compartir mi experiencia y todo lo que he aprendido en Kenia a lo largo de estos años. Quiero ayudar a otras personas a transformar su vida y a vivir la esencia de África como yo lo he hecho.

Soy la dueña de mi tiempo y de mi energía. Tengo todo el tiempo del mundo para mí y para lo que me gusta.

Tengo una vida muy tranquila, a veces demasiado, pero he ganado infinitamente en calidad de vida: vivo sin reloj y sin prisas, el día a día lo marcan otras cosas.

Vivo a caballo entre dos mundos que me aportan y me suman, y paso la mitad del año en una isla preciosa y rica en personas  maravillosas.

En definitiva, soy muy feliz. Al fin y al cabo, se trata de eso, ¿no?

Ahora que conoces a fondo mi historia y que sabes por qué estoy aquí y cómo he llegado hasta este punto, me encantaría saber qué te ha inspirado todo esto que te he contado.

También sería genial saber un poquito más de ti: ¿tienes alguna experiencia que te haya transformado por completo? ¿Qué te trae por Pasaporte Solidario?

¡Cuéntamelo todo en en los comentarios!

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12 comentarios en «Mi historia: cómo el voluntariado me cambió la vida»

  1. Hola Marta,
    Una historia preciosa, y muy inspiradora. Buscaba justo lo que he encontrado con tu blog.
    Inspiración, ánimo, ayuda, relativizar, sentimientos, crecimiento personal….
    Tengo 37 años, soy informático y acabo de pasar el peor año de mi vida. Me separé hace unos meses, y, como no levantaba cabeza me hice un viaje de 40 días yo sólo. 10 para subir al campo base del Annapurna en Nepal, y 30 para descubrir India, y éste país me ha tocado.
    La manera en que me trataron , como me acogieron, como te metían en su casa y como te ofrecían de corazón la mitad de lo que tenían para comer, y lo hacían con una sonrisa….
    Siendo honesto, diría que lo mejor que he hecho en mis 37 años de vida fue comprarle un cartón de leche a una niña hindú de unos 6 años, y no puedo olvidar ésa sonrisa…
    Volví a Madrid hace 4 meses y estaba dándole vueltas sin parar a una idea simple. Cómo hacer algo que cuente, pero que cuente de verdad. Es decir, algo por alguien que lo necesite.
    Como ya no tengo mujer, la única atadura era el curro. Pues la semana pasada me echaron, así que, éste es el momento.
    Nunca he hecho un voluntariado, pero no soy quien quiero ser, así que como bien respondes a otro comentario ….¿y por qué no?
    Si además de inspiración puedieras ser un poco «guía» te lo agradecería enormemente.
    Muchas gracias por tus palabras, muy, pero que muy inspiradoras.
    Espero con ansia tu respuesta,
    Un abrazo!!!,

    Responder
    • Hola Álvaro,

      piel erizada y emoción tremenda al leerte.
      Mil gracias por tus palabras, por tu confianza y por tu valentía. Por supuesto, ¡encantada de ayudarte y acompañarte en este proceso!

      Tienes un email mío en tu buzón de correo, pero desde ya te digo que mi sensación es que los astros se han alineado para que seas quien quieres ser, ¿no te parece?

      Me despido devolviéndote la misma pregunta: ¿por qué no? 😉

      Hablamos por email. Un abrazo enorme y gracias infinitas!

      Responder
  2. ¡Qué gran inspiración eres Marta! Nos veremos pronto en ese gran proyecto que tienes. Felicidades por haber seguido tu corazón. La felicidad no viene por un trabajo estable, o por tener esto o lo otro, por tener pareja o no. Viene desde dentro, ¡porque lo vives todo con el corazón! Incluso estando triste o mal, me puede invadir una ola de felicidad, simplemente sabiendo que has dado y seguirás dando el 1000% de ti mismo. Un abrazo fuerte
    Els

    Responder
    • ¡Qué alegría leerte por aquí Els!
      Y, lo mejor, en unos semanas quitaremos la pantalla del medio y podremos compartir una experiencia maravillosa 🙂

      Como dices, la felicidad hay que buscarla dentro de una misma. Pero, por desgracia, nos empeñamos en buscarla fuera… Nos han programado y educado para vincular nuestro bienestar y satisfacción a cosas materiales, y la lista de necesidades es taaaaan larga que nunca terminamos de ser felices porque no tenemos todo eso que se supone que deberíamos tener.

      Gracias por tus palabras y por tu apoyo. Un abrazo muy grande!

      Responder
  3. Hola Marta.
    Yo estoy viviendo mucho de los sentimientos y pensamientos que viviste tras tu experiencia en afrikable.
    Yo Inicie mis primeras vacaciones solidarias en peru con la ong cooperar peru en Cuzco a mis 48 años. Ya que mis hijos ya son mayores y mis padres se fueron y decidi dedicar mis vacaciones a algo mas enriquecedor para mi. Soy trabajadora social de personas mayores.
    Y ya algo cambio en mi el año pasado. Pero este año me fui a tanzania con kutembea na tanzania en aruscha a un centro infantil y ha sido mágico. Todo genial.
    Recomozco en tus palabras lo que siento cuando veo a mis niños, su energia, vitalidad y alegria. Esos ojos alegres.como los extraño.
    He estado tres semanas y desde q volvi, solo pienso en regresar, porque alli me siento viva, me siento yo al 100%.
    Si la vida m lo permite el año qye viene quiero regresae sino puedo antes, pedire un mes sin sueldo y me quedare dos meses. Creo q me he engachado y me veo muy reflejada en ti.
    Hasta mi mente se ha planteado pedir una excedencia de un año.
    Y ahi estoy dandole vueltas u ahora voy y leo tu experiencia y pienso de nuevo y porque no.?
    Porque es tan dificil levantar el ancla?
    Lo tengo todo, pareja, trabajo familia , amigos, pero aun asi no m siento viva.creo puedo dar mucho mas
    Bueno , ya acabo y gracias por compartir tu vivencia.

    Responder
    • Hola Sylvie,

      ¡no sabes cuánto me gusta leerte! Conozco Kutembea y es un proyecto fantástico. Me alegra muchísimo que hayas vivido la experiencia con tanta intensidad y, sobre todo, que te hayas escuchado a ti misma y hayas elegido el camino que tu corazón te pedía. Leyéndote, no me cabe ninguna duda de que seguirás haciéndolo y de que volverás para seguir poniendo tu granito de arena. Eres un ejemplo para todas esas personas que piensan que ya ha pasado su momento y que se les ha hecho tarde para hacer un voluntariado internacional, así que te agradezco muchísimo tu testimonio.

      Además, te doy las gracias por haber dedicado tu tiempo a compartir tu experiencia. Me alegra infinitamente saber que puedo inspirar a otras personas a seguir haciendo voluntariados y a dar un contenido social y solidario a sus viajes. Es un gran motor para mí y me impulsa a seguir trabajando a tope.

      Me despido preguntándote lo que tú ya te preguntas: ¿por qué no? Es maravilloso sentirse viva, así que sigue siendo fiel a ti misma y no te niegues la oportunidad de vivir aquello que realmente te llena.

      Te mando un abrazo inmenso, ¡y gracias de nuevo!

      Responder
  4. Hola, Marta:
    Muchísimas gracias por compartir tu historia. Tu blog me lo recomendó Pepe, el andaluz que da clases de español en Bremen ( te manda saludos?) En realidad a él no lo conozco personalmente. Estuvimos en contacto el año pasado para realizar un proyecto común con nuestros alumnos y hemos seguido en contacto. Yo vivo en Lanzarote con mi familia y lo había invitado a venirse. El otro día me llamó porque pensaba venirse en julio y casualmente nosotros estàbamos pensando en ir a Senegal, a un voluntariado, en las mismas fechas. Entonces me habló de su experiencia en Lamu y de ti. Lo de Senegal en julio se nos ha truncado, pero me he vuelto a ilusionar muchísimo con tu relato. Sé que, si no es ahora, ya llegará el momento; pero es algo que me llama mucho y voy a poner todas las ganas en que salga.
    Un abrazo y muchas gracias por estar ahí.

    Responder
    • ¡Hola Ana!

      vaya, qué sorpresa!! Da muchos saludos a Pepe!! 😀
      Gracias por tu comentario y por tus palabras. Respecto al tema del voluntariado, quizás te puedo ayudar a que puedas hacerlo en julio. Te escribo por privado, vale?

      Un abrazo grande y mil gracias!

      Responder
  5. Hola Marta!

    Me ha encantado conocer tu historia un poco más, aunque la parte amorosa se me ha quedado corta ?

    Ya hemos hablado de esto y más tarde o más temprano espero encontrarme contigo por allí, o por donde sea.

    Enhorabuena por tu proyecto y tu valentía!

    Un Abrazo

    Responder
    • Hola Tania!

      ¡Qué bien verte por aquí! Seguro que en el futuro quitaremos la pantalla del medio y podremos coincidir.

      La parte sentimental se te ha quedado corta porque es lo de menos. Eso va y viene, hoy está y mañana puede no estar, pero lo que te aporta el voluntariado permanece siempre y te transforma. ¡Te animo a hacerlo!

      Muchas gracias por tu apoyo y un fuerte abrazo!

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  6. Hola Marta:
    Yo soy Tamara amiga de toda la vida de Silvia y Maria, y por eso conozco de hace años tu proyecto y la ONG de Africable aunque nunca haya estado en Lamu. Desde España alguna vez he colaborado comprando cosas a Maria q nos trae, vendiendo loteria, etc.
    Aunque no he estado en Lamu, me siento muy identificada con lo q explicas y como te sientes cuando estas alli. Porque he estado 2 veces en Tanzania y Zanzibar y esa sensacion q yo llamo la magia de Africa es unica.
    Yo ahora mi vida esta cambiando porque voy a tener un bebe y tardare un poco en volver a viajar a Africa pero de todas formas si se pudiera, me gustaria poder colaborar en este proyecto aunque sea desde aqui. Ya sea vendiendo cosas en alguna feria q hagan por aqui, promocionando este proyecto q me encanta o lo q sea.
    Me gustaria muchisimo poder ayudaros en este proyecto y ser de vuestra utilidad.
    Un abrazo.
    Tamara Arnau

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    • Hola Tamara! Qué pequeño es el mundo!
      Si la magia de África te atrapó en su momento, seguro que volverás por aquí con tu peque más adelante 😉
      ¡Es genial que quieras colaborar con Afrikable! Para ello debes de ponerte directamente en contacto con la ONG (yo soy voluntaria también).
      Y es por cómo se siente una cuando colabora con algún proyecto de este tipo por lo que me he decidido a crear Pasaporte Solidario, para poder acercar la experiencia del voluntariado a personas que estén interesadas y para acompañarlas en la búsqueda de su experiencia solidaria.
      ¡Muchas gracias y un abrazo!

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